Los dientes del diablo

Cartel de la pelicula Los dientes del diablo

Excelente película de Nicholas Ray, como otras del director (Johnny Guitar, Rebelde sin causa, La verdadera historia de Jesse James, Muerte en los pantanos, Chicago, años 30, Rey de reyes y 55 días en Pekín).
Mañana miércoles se proyectará dentro del VII Ciclo de Cine organizado por el Centro de Estudios Bilbilitanos y el centro de la UNED en Calatayud, y que en esta temporada tiene el título genérico de “La ventana mágica”. Será a las 19.00 en la sede de la UNED (C/ San Juan El Real). Dejo aquí algunos comentarios que quizá os animen a ver la película y a disfrutarla y descubrir sus ricos matices. Anímate a buscarla, no te será complicado encontrarla.
Probablemente no se trate de una obra maestra, pero es una película con una factura técnica de altísima calidad, una destacable interpretación de sus actores protagonistas, una dirección incuestionable, un buen guión y un interés antropológico indudable.
Es, además, una de las películas pioneras en el planteamiento de la cuestión ambiental, de la necesaria protección de la naturaleza frente a un desarrollismo y una presión humana creciente y desmedida. Una cuestión que el director trató también en su película Muerte en los pantanos y que el tiempo ha puesto de máxima actualidad.
Y quizá sea este acercamiento a la vida de los esquimales desde una perspectiva cercana al documental lo que proporciona a esta obra una relevancia y una actualidad muy por encima de otras grandes películas que se rodaron en la misma época.
Ray nos muestra cómo a mediados del siglo XX, los esquimales viven apegados a sus ancestrales costumbres, con un contacto muy escaso con el hombre occidental, con la supuesta “civilización”.
En primer lugar, el director muestra un espacio lejano e inhóspito. La combinación que el director, Nicholas Ray, hace del rodaje en estudio y de las imágenes de auténticos paisajes polares, logran convertir a esos desiertos blancos en los auténticos protagonistas de la película, ya son ellos y las condiciones climatológicas que los permiten, los que marcan las leyes de la supervivencia, las creencias y los modos de vida en unos ambientes en los que sobrevivir es una aventura de incierto final.
En este lugar, la vida parece casi imposible. Pero los esquimales logran sobrevivir gracias a una hospitalidad casi sin límite, que incluso les permite compartir a sus mujeres como gesto de amistad; y también gracias a unas costumbres férreas y que en algunos momentos pueden llegar a parecer crueles desde nuestra perspectiva occidental.
En esos ambientes polares habitan los inuit (nombre que se dan a sí mismos los habitantes de aquellas latitudes, y que significa “los hombres”) o esquimales (nombre despectivo que aplicamos los blancos y que significa “los que comen carne cruda”), a los que se nos presenta como si la película fuera un autentico documental.
El ritmo de la película es relativamente lento. Perfecto para la función descriptiva que busca el director. En Los dientes del diablo suceden muy pocas cosas, pero todas son necesarias y todas son muy importantes. Apenas sucede nada, pero es necesario mantener la atención en todo momento. Es un estilo de cine que dista mucho de la mayoría de las películas que se realizan en la actualidad, en las que la acción es constante e intrascendente.
El protagonista, magníficamente caracterizado por Anthony Quinn, es un inocente habitante de las tierras heladas llamado Inuk.
La parte antropológica y documental acaba en el momento en el que aparece el conflicto. En este caso no es tan importante el conflicto entre personajes concretos, sino que se trata del choque entre la cultura ancestral de los esquimales y la cultura occidental representada por el hombre blanco. Son dos mundos que viven en la misma época pero están alejados entre sí por una distancia insalvable; casi parecen estar viviendo en realidades absolutamente dispares.
El esquimal, Inuk, representa una mentalidad sencilla, capaz de comprender y de adaptarse a la naturaleza. Se siente y se sabe parte de esta naturaleza. Pese a su aparente crueldad, es muy respetuoso con sus criaturas (incluso pide perdón a los espíritus de los animales cuando, por necesidad, mata a uno de ellos) y que sólo tiene lo que necesita. Por el contrario, el hombre blanco es depredador y piensa que sus creencias religiosas o sus leyes son universalmente válidas, sin interesarse por la cultura local. Por ello, las intenta imponer.
Este choque, en cierto modo, recuerda a algunas películas ambientadas en el salvaje oeste. De hecho, esta película es casi un western. Lo que sucede es que la mayoría de estas películas están hechas desde el punto de vista de los vaqueros, incluso en las que este choque resulta evidente como Centauros del Desierto.
Solo en las últimas décadas encontramos películas realizadas desde el punto de vista indígena, en la que los occidentales son presentados como lo que en realidad hemos sido: colonizadores y conquistadores de una tierra que no era nuestra. Me refiero, por ejemplo a La Misión, La Massai Blanca o También la Lluvia.
Es este choque entre culturas lo que llevará a una situación trágica que, de algún modo,  supondrá el fin del modo de vida de los esquimales. Y es que aunque en la película no se observa, aunque el final no parece trágico, desprende una tragedia mayor; nos indica el final de un modo de vida, de una civilización, de una cultura.
La sensación es que una vez producido el primer contacto ya nada volverá a ser como antes y que la predación del hombre blanco será total. La historia nos da la razón.
La mayor crítica que se pueda hacer a esta obra es que quizá podamos pensar que Ray idealiza al hombre salvaje, frente al lado oscuro de la civilización occidental. Que toma partido por un personaje que, en cierto modo, podría recordar al buen salvaje descrito por Rousseau en el siglo XVIII. En mi opinión lo hace, pero no encuentro nada que criticar en ello.
Como anécdota, el rodaje fue muy complicado, dado que se efectúo en condiciones extremas, dentro de extensos paisajes glaciares de Canadá y Dinamarca. Por el contrario, el director pudo montar a su aire todo tipo de escenas, sin interferencias de ningún tipo.

La ficha:
Director: Nicholas Ray
Año  1959
Coproducción GB-Francia-Italia.
Reparto: Anthony Quinn, Yoko Tani, Peter O’Toole, Carlo Giustini, Marie Yang.
Basado en la novela de Hans Ruesch Top of the world (El país de las sombras largas).
Destaca la música (Francesco Lavagnino), la fotografía (Aldo Tonti & Peter Hennessey) y lo absurdo del título, que en español no tiene nada que ver con la película y que en otros idiomas si que tiene sentido; por ejemplo, en inglés fue The Savage Innocents y en italiano, Omme Bianco.

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